Hay algo que se percibe bastante rápido cuando usás un producto que no tiene una dirección clara. No hace falta ser PM ni saber nada de estrategia para sentirlo. Las funcionalidades no conectan entre sí, los lanzamientos parecen aleatorios, cada release va para un lado distinto. Es como cuando se corta el aire entre dos personas y vos estás ahí mirando sin entender muy bien qué pasó.
Eso que se percibe tiene un nombre en el marco teórico: estrategia de producto. Y se nota muchísimo cuando no existe.
Qué es realmente la estrategia de producto
La estrategia de producto es el plan de una empresa o startup para lograr sus objetivos a través del producto. No es el roadmap, no es la lista de features, no es el backlog. Es la respuesta a por qué estás construyendo lo que estás construyendo y cómo eso te acerca a donde querés llegar.
Una buena estrategia de producto tiene consistencia y coherencia con todo lo que la empresa viene haciendo. Incluso en momentos de experimentación o incertidumbre hay cierto sentido en las cosas que se lanzan. No es que cada decisión sea perfecta, sino que se puede trazar una línea entre lo que se construye y el lugar al que se quiere llegar.
Cuando esa línea no existe, o cuando nadie en el equipo puede explicarla, ahí está el problema.
Una forma simple de detectar si hay estrategia o no
Mirá los últimos tres releases de tu producto o del producto de tu competencia y hazte tres preguntas. Primero, qué lanzaron y cómo funciona. Segundo, cómo se relaciona eso nuevo con el resto del producto. Tercero, cómo lo comunicaron.
Responder esas preguntas te da una pauta muy clara de cuánto se planeó y cuánto hay de estratégico en la decisión.
Si los tres lanzamientos apuntan a usuarios distintos, resuelven problemas que no tienen nada que ver entre sí o la comunicación de cada uno parece venir de una empresa diferente, probablemente no haya una estrategia clara detrás. Lo que hay es un equipo probando cosas, buscando revenue de alguna forma, esperando que algo pegue.
No tiene nada de malo reconocerlo. Le pasa a LinkedIn, le pasa a Twitter, le pasa a Microsoft. Pero la diferencia entre los equipos que crecen y los que se quedan girando en círculos suele estar en si son capaces de darse cuenta y hacer algo al respecto.
El argumento de "somos una startup" no aplica acá
Uno de los argumentos más comunes para justificar la falta de estrategia es que la startup es chica, que todo cambia muy rápido, que no tiene sentido planear cuando la incertidumbre es tan alta. Es un argumento cómodo pero no es válido.
Se puede tener un plan siendo una startup de cinco personas. Se puede y se va mejorando y cambiando en el tiempo, pero se empieza con un plan. La incertidumbre no es excusa para no tener dirección, es exactamente la razón por la que necesitás una.
Sin estrategia, cada decisión de producto se toma en el vacío. Cada feature se prioriza según quien grite más fuerte o según la última conversación con un cliente. El equipo pierde tiempo debatiendo cosas que deberían estar resueltas por la dirección, y la dirección no existe porque nadie se sentó a definirla.
Cómo saber si tu producto tiene este problema
Prestá atención la próxima vez que tu equipo lance algo nuevo. Hazte una pregunta simple: tiene algo que ver con el tipo de usuario al que apuntamos o con el segmento para el que nació el producto?
Esperá al siguiente lanzamiento y volvete a hacer la misma pregunta.
Si la respuesta es sí las dos veces, hay coherencia. Si la respuesta es no, o si la pregunta misma genera confusión porque nadie tiene claro a qué usuario apuntan, ahí está la señal.
También podés mirar hacia afuera. Seguir de cerca los releases de tu competencia con esta misma lógica te da información muy valiosa sobre hacia dónde van, qué están priorizando y dónde podrías diferenciarte. No podés darte el lujo de ignorar lo que hace tu competencia. Tener esa información no te obliga a copiarlo, pero sí te da contexto para tomar mejores decisiones.
Qué hacer si te diste cuenta de que no tenés una estrategia clara
Lo primero es asumir que no tenés una estrategia clara, que no tenés un norte definido. Eso es lo más importante y también lo más difícil, porque implica admitir algo que incomoda.
Después, encontrar el espacio en tiempo para definirlo. No hace falta un proceso largo ni una consultora. Hace falta que las personas correctas se sienten a responder algunas preguntas fundamentales: para quién estamos construyendo esto, qué problema estamos resolviendo, qué queremos lograr en los próximos seis o doce meses y cómo el producto contribuye a eso.
Con esas respuestas sobre la mesa, construir un roadmap que refleje esas prioridades se vuelve mucho más manejable. Sin esas respuestas, el roadmap es solo una lista de cosas que alguien quiere hacer.
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